Bases ontológicas: pensar como hacker, arquitecto y filósofo de trinchera
Por Paul Mendoza
Vengo siguiendo esta idea hace tiempo, desde varios frentes —mi trabajo en ciberseguridad e infraestructura, debates públicos y podcasts internacionales sobre gobernanza tecnológica, lecturas que no paro de acumular—, porque la filosofía del hacking me obliga a hacerlo: no acepto ningún sistema ni ninguna idea sin antes desarmarla y entender cómo está hecha por dentro. Me preguntan seguido de dónde saco los cruces que hago entre filosofía y ciberseguridad, entre pensadores como Simondon o Heráclito y cosas como Zero Trust, la arquitectura de sistemas o las arquitecturas RAG. No son dos mundos que decido conectar de vez en cuando para sonar interesante: son la misma manera de pensar, aplicada a dos materiales distintos. Este texto es el intento de dejarlo por escrito una vez, con orden, para no tener que explicarlo cada vez desde cero.
Lo organizo en cuatro ideas que sostienen todo lo demás que escribo.
I. El fierro sobre el verbo — ontología materialista de la técnica
No creo que el ser de la tecnología esté en el software abstracto. Está en su infraestructura física y política. Cuando armo un argumento sobre inteligencia artificial, ética algorítmica o soberanía digital, no lo hago desde la teoría pura: lo hago con la misma mentalidad con la que se despliega un clúster de servidores, se segmenta una red o se decide qué corre en infraestructura propia y qué se delega a un tercero.
Esa decisión —qué controlo yo y qué controla otro— no es técnica nada más, es ética. Un servicio aislado y auditado en infraestructura que administro no es lo mismo que el mismo servicio corriendo en una nube ajena, bajo términos que no escribí y una jurisdicción que no elegí. No es una postura estética: es la aplicación literal de algo que sostengo, que no hay ética posible sin soberanía material. El «medio asociado» del que habla Simondon no es una metáfora para mí — es el servidor, es el firewall, es la base de datos, es la jurisdicción bajo la que corren esos datos. Quien controla el hardware y esa jurisdicción controla, de hecho, el marco ético desde el que después se discute todo lo demás.

II. Epistemología hacker — Zero Trust aplicado también al discurso
Mi forma de validar lo que es verdad —mi epistemología— nace de mi trabajo como hacker ético y arquitecto de seguridad. En ciberseguridad se trabaja bajo el modelo Zero Trust: se asume que el entorno ya está comprometido, y nada se acepta sin verificar. Nada es confiable solo porque venga presentado como confiable.
Llevo esa misma postura al plano de las ideas. El discurso oficial sobre «IA ética» o «gobernanza responsable» que promueven las grandes corporaciones tecnológicas no lo acepto por defecto tampoco. Lo audito, le hago ingeniería inversa, busco las fallas de su narrativa —el sesgo que no declaran, la extracción de datos que no mencionan— y desarmo el argumento hasta ver su estructura real. Para mí la verdad casi siempre está debajo de capas de abstracción comercial, y esas capas están puestas para no ser cuestionadas. Mi trabajo, en ambos planos, es atravesarlas.
III. Ontología del devenir — Heráclito, Simondon y la individuación
No veo a la tecnología ni al ser humano como entidades fijas o terminadas. Heráclito lo dijo hace 2.500 años mejor de lo que yo podría decirlo hoy: panta rhei, todo fluye; nadie se baña dos veces en el mismo río, porque ni el río ni quien se baña siguen siendo los mismos. Es una de las ideas que más uso en el día a día, para entender que ningún sistema, ninguna arquitectura, ninguna persona está terminada. Todo está siendo.
Simondon retoma esa misma intuición milenios después para pensar la técnica: un objeto técnico nunca está acabado, está en proceso de individuación constante, igual que un sistema que uno sigue ajustando porque nunca deja de evolucionar. El algoritmo despiadado es peligroso, en este marco, precisamente porque hace lo contrario: estanca al humano, lo reduce a un conjunto de etiquetas predecibles para venderle cosas o para que «farmee aura» sin darse cuenta. Mi apuesta —construir y auditar mis propias herramientas, entender exactamente cómo procesan la información— es una apuesta por la individuación: evolucionar a la par de la máquina sin perder la agencia moral, que es donde entra Sartre, y sin rechazar por eso la modernidad.

IV. El algoritmo como amplificador, no como reemplazo
Nada de esto se queda en la teoría. Uso mi mentalidad hacker —entender antes de aceptar, desarmar antes de confiar— para aplicar las capacidades más avanzadas de la inteligencia artificial a problemas reales, en especial en algo que me importa profundamente: el medio ambiente. El trabajo consiste en unificar datos dispersos, integrar sistemas que antes no se comunicaban entre sí, y aplicar ciencia de datos para predecir fenómenos y poder actuar a tiempo, antes del daño y no después.
No veo la inteligencia artificial como un reemplazo de la capacidad humana de decidir: la veo como un amplificador de esa capacidad. El objetivo no es que la máquina decida por nosotros —ya expliqué por qué eso es un riesgo real—, sino usar sus capacidades más elevadas para avanzar más rápido en problemas que, sin esa velocidad, se resuelven tarde: monitoreo territorial, predicción de riesgos, coordinación de información entre instituciones que de otra forma trabajan a ciegas unas de otras. Ahí el método hacker deja de ser solo una postura defensiva —auditar, desconfiar, verificar— y se vuelve una herramienta constructiva: usar lo que entiendo a fondo para amplificar lo que los humanos ya venimos intentando resolver, y aportar algo concreto, no solo discurso, a un problema que nos incumbe a todos.
Romper el paradigma
Todo esto se resume en una idea que repito seguido y que quiero dejar clara: la inteligencia artificial no es magia, es infraestructura, y por eso exige método hacker. No hay ningún misterio irreductible en una «caja negra» — hay decisiones de diseño, intereses comerciales y arquitectura concreta que se pueden abrir, entender y auditar. Tratarla como magia es exactamente lo que le conviene a quien no quiere que la abras.
Si alguien me tilda de pesimista tecnológico por citar a Heidegger o hablar de los riesgos de la delegación cognitiva, mi respuesta es siempre la misma: propongo gobernar la inteligencia artificial como arquitectos, en vez de consumirla como súbditos. Esa es, para mí, la traducción más exacta del pensamiento crítico al código del siglo XXI.

Las tendencias cambian de nombre, el patrón se repiteLas tendencias de redes sociales cambian de nombre cada pocos meses: hoy se habla de «farmear aura» o de «funar», mañana va a tener otro término. Heráclito ya explicaba esto: todo fluye, nadie se baña dos veces en el mismo río. Las tendencias son exactamente ese río, cambian de nombre todo el tiempo y mantienen el mismo cauce. Por eso me interesa más nombrar la estructura permanente que produce cada tendencia nueva que quedarme discutiendo el término de moda del momento.
Guy Debord describió esa estructura hace más de cinco décadas: la vida vivida directamente se aleja en una representación. El espectáculo es una relación social mediada por imágenes, capital acumulado hasta convertirse en imagen. Cada tendencia de exposición o de condena pública repite ese mismo patrón: reemplaza el desacuerdo real, el proceso, por su puesta en escena. La condena ocupa el lugar del juicio; la audiencia ocupa el lugar del jurado.
Byung-Chul Han agrega la pieza que explica por qué participamos voluntariamente: el sujeto se autoexplota bajo el imperativo «tú puedes», y se convierte en su propio panóptico. Elegimos exponernos, entregamos nuestro tiempo, nuestros datos y nuestra intimidad a cambio de validación, sin que nadie externo nos obligue.
Considero los debates públicos y los foros en vivo una forma directa de resistencia frente a esta lógica. Me gusta pensarlo como salir del mármol del Senado y entrar a la arena del Coliseo: exponer un argumento al contradictorio real, frente a alguien que puede objetarlo en el momento, en lugar de quedarme en la teoría distante y sin público real. El algoritmo ofrece audiencias ya filtradas, de acuerdo previo, que refuerzan en vez de contradecir. Defender una idea en vivo frente a alguien que puede no estar de acuerdo es, para mí, un ejercicio directo de resistencia.
Suele asumirse que una gran biblioteca bastaría para hacer prescindible a una universidad, como si el solo acceso a buenas ideas garantizara, por sí mismo, llegar a las conclusiones correctas. Vivimos hoy el momento histórico con mayor acceso gratuito a la totalidad del conocimiento humano acumulado, literalmente al alcance de un bolsillo. Y, sin embargo, ese acceso masivo no ha producido, de forma automática, mejor criterio ni mejores decisiones colectivas. El supuesto de que basta con proveer buenos libros o buenas ideas para que cualquiera alcance por su cuenta la conclusión correcta ha resultado, a la luz de la evidencia actual, empíricamente insuficiente. El criterio se forma practicándolo en comunidad —el foro real, el debate sostenido, la fricción del grupo de trabajo—, no solo leyendo. Como resume Marx, el ser social determina la conciencia: el acceso a buenas ideas necesita, en paralelo, una práctica social concreta que las forme.

Volver a la naturaleza para despejar la mente
Cada vez veo más gente que sale de una gran tecnológica y, en lugar de abrir una startup como hace unos años, busca reconectar con la naturaleza —criar animales, cultivar, trabajar la tierra. No lo leo como una rendición ni como huir de la tecnología: lo leo como la necesidad de despejar y limpiar la mente frente a esa misma alienación. Cuando tu producto de trabajo —código, ideas, contenido— queda mediado por un sistema que te lo devuelve como métrica ajena, buscar por un rato un trabajo donde el producto vuelva a ser tuyo, tangible e inmediato, es una forma sana de recuperar el eje. El huevo que junta esa persona a la mañana, o la planta que ve crecer, es exactamente lo contrario del texto que un modelo puede reescribir, resumir o aprender de vos sin que lo notes: es un resultado que no se puede extraer ni algoritmizar.
Heidegger tiene un concepto tardío para esto, casi una respuesta al mismo problema que él describía: la Gelassenheit, el «soltar», la serenidad frente a la técnica. No se trata de abandonar la tecnología —esa gente sigue usando el celular, probablemente sigue en redes—, sino de recuperar la distancia necesaria para volver a ella con la mente despejada, en vez de quedar absorbido por la lógica que extrae y devuelve todo convertido en número. Volver a la naturaleza, en ese sentido, no es el final del camino tecnológico: es el descanso que lo hace sostenible.

Más allá de cualquier pensador
Si tengo que resumir mi base ontológica en una sola idea, más allá de cualquiera de los autores que cité acá, es esta: la historia pesa —el linaje, los sesgos heredados, los paradigmas que uno no eligió pero que ya venían instalados cuando llegó— pero no determina. Tenemos la capacidad real de romper esos sesgos, ese linaje, esos paradigmas, y tomar decisiones distintas a las que la historia parecía dictarnos, precisamente para que las consecuencias también sean distintas, en el buen sentido. No es negar el peso del pasado. Es negarme a que ese peso sea el techo.
Paul Mendoza. Santa Cruz de la Sierra, agosto de 2026. © Paul Mendoza. Se permite citar o compartir este texto mencionando la fuente.
